A las 9:50 hora de Madrid, comenzaba a desvariar debido a las altas dosis consumidas durante la noche. Aunque la muerte no llegaba a la hora convenida prefirió esperarla en el sillón por si llegaba de imprevisto.
Eran las 10:00 y ya estaba impaciente.
El rumor de la ventana hacía que la locura se acentuara un grado. Nunca antes había visto una reacción así.
Decidió mirar atentamente al muro que musitaba sus desgracias mientras la puerta se burlaba de su letargo esquizofrénico con una carcajada.
¡¿Que pasa con aquella muerte?!, ¡De tanto rogarle perdió el camino!
Han pasado ya veinte días corridos, sin hablar, sin comer ni dormir. Sólo sentado allí por si llegase a aparecer de pronto la ramera de satán que tanto le juega malas pasadas. Es precisamente este nuevo sentido que la palabra "indigno" conforma en su ser lo que le hace ver aquellos espejismos, ya no provocados por la intoxicación, sino que más bien originados por el declarado estado anormal de su mente torcida.
Aburrido de esperar como un idiota, decidió ir en busca de su amante esquiva de una vez. Ató una cuerda a la pata del sillón para que éste no huyera, y dejó una cebolla en el refrigerador por si al muro le daba hambre mientras se ausentaba.
Tomó su chaqueta y fue hasta la ventana, habló con ella unos segundos para darle las instrucciones básicas de como cuidar la casa mientras estaba fuera.
Una vez terminado el trámite pisó un peldaño imaginario directo al vacío, y mientras viajaba en descenso la muerte besaba su garganta reseca...
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viernes, 25 de junio de 2010
Paranoia
Definitivamente no era su comportamiento habitual, se notaba nervioso y algo distraído. Comúnmente era un chico cándido y en extremo amable y servicial, pero aquel día algo diferente se hacía notar, como si no quedara en él espacio para el mundo ni sus habitantes.
Volvió a casa luego de un largo día de trabajo, cansado como siempre. Caminaba lentamente por la vereda norte de la calle central, en ese momento oscurecida por la noche fría y penetrante.
Mientras avanzaba hacia la intersección de Lozada con Calle de las Américas sintió que alguien lo seguía desde atrás. Pensó entonces que de seguro su imaginación le estaba jugando una mala pasada y prosiguió el camino.
Pasadas tres cuadras de divagación mental volvió a sentir aquellos pasos detrás de los suyos. Volteó la cabeza y no vió nada. Maldijo una vez en voz alta y lanzó una amenaza a Juan por si acaso le estaba jugando una broma pesada, pero ni siquiera el viento se asomaba en la vereda norte a esas horas. Siguió el camino ya algo preocupado mientras pensaba en las cinco cuadras y media que faltaban para llegar al departamento que habitaba en Santa Juana. Trataba de dar pasos largos y apresurados para disuadir la distancia y el miedo que comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Quizo también hablar por teléfono con alguien para no sentir el camino tan sólo, pero luego pensó que sería un blanco aún más fácil en caso de que lo quisieran asaltar.
Levantó la mirada y vió la sombra alargada de un árbol que se proyectaba gracias a la luna llena suspendida encima de él. Se paralizó un instante, sintió el frío corriendo por el riel de su espalda y, aunque no supo muy bien que hacer, gritó fuertemente por si alguien lo escuchaba.
- ¡Juan, deja ya las bromas pendejo!
Pero Juan estaba durmiendo en casa con su esposa.
De pronto los pasos se hicieron más fuertes y rápidos, empezaban a avanzar velozmente, luego a trotar y por último a correr. No le quedó otra que huir lo más rápido de ahí sin saber de qué.
Fue entonces cuando su respiración se aceleró mientras escuchaba que aquellas pisadas se acercaban más y más, su pecho comenzó a apretarse y la garganta se le cerró por completo, su brazo izquierdo le avisaba que un ataque cardíaco amenazaba su vida.
Y mientras caía abatido, su espalda morena tocaba el suelo congelado de la vereda norte, y cuando habría los ojos a la muerte, un perro vagabundo le olía la cara...
Volvió a casa luego de un largo día de trabajo, cansado como siempre. Caminaba lentamente por la vereda norte de la calle central, en ese momento oscurecida por la noche fría y penetrante.
Mientras avanzaba hacia la intersección de Lozada con Calle de las Américas sintió que alguien lo seguía desde atrás. Pensó entonces que de seguro su imaginación le estaba jugando una mala pasada y prosiguió el camino.
Pasadas tres cuadras de divagación mental volvió a sentir aquellos pasos detrás de los suyos. Volteó la cabeza y no vió nada. Maldijo una vez en voz alta y lanzó una amenaza a Juan por si acaso le estaba jugando una broma pesada, pero ni siquiera el viento se asomaba en la vereda norte a esas horas. Siguió el camino ya algo preocupado mientras pensaba en las cinco cuadras y media que faltaban para llegar al departamento que habitaba en Santa Juana. Trataba de dar pasos largos y apresurados para disuadir la distancia y el miedo que comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Quizo también hablar por teléfono con alguien para no sentir el camino tan sólo, pero luego pensó que sería un blanco aún más fácil en caso de que lo quisieran asaltar.
Levantó la mirada y vió la sombra alargada de un árbol que se proyectaba gracias a la luna llena suspendida encima de él. Se paralizó un instante, sintió el frío corriendo por el riel de su espalda y, aunque no supo muy bien que hacer, gritó fuertemente por si alguien lo escuchaba.
- ¡Juan, deja ya las bromas pendejo!
Pero Juan estaba durmiendo en casa con su esposa.
De pronto los pasos se hicieron más fuertes y rápidos, empezaban a avanzar velozmente, luego a trotar y por último a correr. No le quedó otra que huir lo más rápido de ahí sin saber de qué.
Fue entonces cuando su respiración se aceleró mientras escuchaba que aquellas pisadas se acercaban más y más, su pecho comenzó a apretarse y la garganta se le cerró por completo, su brazo izquierdo le avisaba que un ataque cardíaco amenazaba su vida.
Y mientras caía abatido, su espalda morena tocaba el suelo congelado de la vereda norte, y cuando habría los ojos a la muerte, un perro vagabundo le olía la cara...
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